En el marco del ciclo de entrevistas Vecindario de Girbau LAB, conversamos con Mireia Luzárraga, arquitecta y cofundadora del estudio TAKK, sobre una arquitectura que va mucho más allá de diseñar paredes.
Con Mireia abordamos la gestión del agua no solo como un recurso, sino también como material simbólico y fuente de vida; la ruptura con el individualismo doméstico a través de actos cotidianos como hacer la colada; la convivencia no solo con los vecinos, sino también con otras especies; y los retos de futuro para transformar las ciudades en espacios más justos, solidarios y sostenibles.
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¿Qué relación tienes tú con la colada en tu día a día?
Te tengo que responder en dos partes, porque vivo entre Barcelona y Nueva York. En el caso de Barcelona vivimos en un local industrial en L’Hospitalet y no tenemos lavadora. Usamos las lavanderías locales de la calle y estamos muy contentas de utilizar este espacio público. En Nueva York, en cambio, la lavandería estaba en el basement (sótano) del edificio, lo cual es muy común allá. A mí me parece muy interesante reflexionar sobre qué partes de la casa pueden llegar a ser más públicas. En el momento en que puedes hacer un fragmento de la vida doméstica más público, es cuando empiezas a tener una relación diferente con las vecinas. Cuando sales de tu propio edificio estás forzada a compartir espacio y un tiempo largo con gente que tiene historias diferentes, y tener este tipo de experiencias a nivel social me parece muy interesante.
¿Cómo entendéis la arquitectura en relación con el agua, no solo como recurso, sino como material, espacio simbólico y fuente de vida?
El punto de partida de Water Parlaments, la exposición que hicimos con Eva Franch para el Pavelló Català en Venecia partía de esto: no tener una perspectiva sobre el agua únicamente como recurso, sino como algo que media entre muchos agentes. Cada vez que hacemos una obra que modifica el curso del agua, modificamos ecosistemas. En Columbia trabajamos con los estudiantes lo que llamamos la metabolic section (sección metabólica) para explicar cómo un proceso arquitectónico está conectado a muchas redes. Uno de los ejemplos que les pongo es: “¿Qué relación tiene tu lavadora con una ballena?”. Pones un jersey en la lavadora, esta conecta a la red de alcantarillado, desemboca en el océano y el jersey suelta microfibras que se traga la ballena afectando a su fertilidad. Estamos en una crisis de representación y nos parece importante ser capaces de representar las consecuencias de nuestros diseños para diseñar de manera más justa y eficiente.
¿Qué líneas estáis investigando o experimentando para seguir innovando en la relación entre arquitectura y agua?
Con Water Parlaments experimentamos desde un punto de vista más especulativo. Como las arquitectas tenemos un conocimiento limitado, hicimos «laboratorios de futuro» en Cataluña, Valencia y Baleares reuniendo a un 25% de activistas, 25% de científicos, 25% de ingenieros y 25% de artistas para hablar del agua. Fueron jornadas muy especiales con gente que nunca se había sentado en la misma mesa y que en muchos casos estaba enfrentada públicamente (agricultores, ingenieros desaladores, ecologistas…). Desde la arquitectura podemos aportar creatividad y diseñar arquitecturas proyectivas y especulativas, pero estos temas se deben abordar de forma multidisciplinar.
¿Cómo crees que la arquitectura y los servicios comunes impactan en la velocidad del día a día y en la noción del tiempo?
El hecho de hacer actividades que te fuercen a parar es un acto transformador. En una sociedad donde se habla de modificar el sueño para rendir más, el momento de la lavandería te obliga a parar. Además, cuestionar el espacio doméstico y trasladar ciertas actividades a lo colectivo puede generar más comunidad y sostener los cuidados. Generar espacios compartidos con personas de diferentes rentas y culturas nos puede hacer más empáticos, solidarios y con conciencia colectiva. Cambiando el diseño de la casa se pueden cambiar los modos de vida de las personas. Es más, en muchos lugares las habitaciones individuales surgieron con el capitalismo que a su generaron deseos individuales e individualismo; en nuestros proyectos jugamos a cuestionar qué actividades individuales deberían dejar de serlo.
¿Cómo entendéis el vecindario incluyendo a otras especies como animales, plantas o microbios?
Estamos en un momento de cambio climático y de la sexta extinción masiva, y desde la ciudad y las casas no pensamos lo suficiente en ello. En 2022 nos encargaron pensar la convivencia con otras especies en Barcelona. Analizamos la paleta de especies vegetales del espacio público, que antes se elegían solo por estética o alergias, y propusimos nuevas especies valorando la resiliencia al cambio climático, la absorción de CO₂ o la atracción de polinizadores. En el interior de las casas, incorporar vegetación ayuda a regular la temperatura de manera mutualista. Hay que entender que los hongos y microorganismos están en nuestras paredes y debemos buscar alianzas con las especies que conviven con nosotras, siempre teniendo en cuenta la salud humana.
Vosotras trabajáis a caballo entre el arte y la arquitectura. ¿Cuál es el tránsito que va desde el trabajo expositivo a la realidad, y cómo contribuye vuestro trabajo a transformarla?
A través de nuestro trabajo en instituciones culturales conseguimos tener voz en la disciplina arquitectónica. Al decir públicamente que la tipología moderna de pasillos y habitaciones es dependiente de combustibles fósiles y necesita nuevos modelos, el debate llega a la prensa. Una exposición genera un espacio donde el público interioriza estas ideas y eventualmente la ley o el paisaje se transforman. Es vital estar conectadas con colectivos y activismo para crear un imaginario social que lo haga posible.
Pensando de aquí a 25 años (2050), ¿cómo te imaginas el vecindario y el día a día en Barcelona?
Me gustaría que fuese una ciudad que dejase de privilegiar a los más privilegiados, que sostuviese los cuidados, fuese más solidaria, más justa con las minorías excluidas y con las otras especies, y mucho menos dependiente del coche y del petróleo. Me gustaría que fuese la «Ciudad de los Cuidados». Cada vez veo Barcelona más difícil en el tema de la vivienda por culpa de la especulación, pero también veo cada vez más colectivos trabajando en ello. Ojalá vaya bien y avancemos hacia este modelo más comunitario.

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