En esta nueva entrevista del ciclo Vecindario, creado por Girbau LAB, conversamos con Marta Peris y José Toral, fundadores del estudio PERIS+TORAL ARQUITECTES. Su trabajo en vivienda pública cuestiona los modelos tradicionales mediante el diseño de estancias no jerarquizadas, la supresión de pasillos y el uso de la madera como material estructural. Con ellos hablamos de cómo la distribución del espacio puede favorecer la convivencia vecinal, de la función social y climática de los espacios de paso y los atrios, y del potencial de las lavanderías compartidas en la vida cotidiana.
Escucha la entrevista original
En sus proyectos de vivienda social, como por ejemplo el de Cornellà, siempre ha puesto mucho énfasis en sustituir el modelo tradicional por pasillos y habitaciones en la matriz de estancias comunicadas, y hable mucho en otras entrevistas que su arquitectura intenta condicionar los roles sociales y el trabajo de cuidado y otras tareas. ¿Cuál es el rol que puede tener la vivienda no jerárquica en ayudar a distribuir estas tareas más visibles del trabajo doméstico?
Para nosotros, la vivienda no jerarquizada, con habitaciones iguales, parte de la idea de que todas las estancias puedan tener el mismo valor. Si llevamos este planteamiento a su extremo más radical, todos los espacios serían abiertos y todos serían espacios servidos. La zona de la colada, que tradicionalmente ha ocupado un lugar cerrado y oculto, también podría abrirse y hacerse visible.
En Cornellà, por ejemplo, hay un armario que se abre a la entrada del baño, muy cerca de la cocina. Detrás de esta decisión está la voluntad de dar visibilidad a unos espacios que históricamente se han considerado de servicio y se han mantenido ocultos. Nos interesa repensar su carácter y su presencia dentro de la casa. La conexión entre las estancias aporta fluidez y permite hacer más visible ese trabajo reproductivo.
Trabajamos principalmente en vivienda pública, donde los programas han evolucionado mucho. Ahora intentamos dar un paso más: trasladar algunas de estas actividades de la vivienda a las zonas comunes.
En su práctica trabaja para cuestionar o poner en crisis la organización del programa y la organización espacial. En concreto me interesa entender, en general, cómo piensa que está explorando la ubicación de los espacios comunes o los servicios comunes interedificio (no sólo de la lavandería, sino también la cocina comunitaria u otros servicios comunes). ¿Cuáles son las principales reflexiones que tiene detrás?
Nuestro planteamiento trata de evitar el funcionalismo clásico: en lugar de asignar una función fija a cada estancia, buscamos que pueda albergar más de un uso. Y, sobre todo, nos interesa entender que la casa no termina en el espacio privado. Las zonas comunes también pueden formar parte de ella, aunque tengan otro carácter. Entre lo privado, lo compartido, lo comunitario y lo común hay una serie de gradientes que debemos definir mejor.
Extender la casa hacia estos espacios permite optimizar recursos. Pensemos, por ejemplo, en los electrodomésticos, que se multiplican en cada vivienda y plantean problemas de obsolescencia. Compartirlos permite invertir en máquinas más fiables y eficientes, e incorporar sistemas de reutilización del agua.
Hemos ensayado dos estrategias complementarias. La primera consiste en situar los espacios comunes en los extremos del edificio, en la cubierta o en la planta baja, para generar recorridos y propiciar encuentros. La segunda los intercala junto a las circulaciones, en contacto con los lugares de paso cotidiano.
Podemos situar una lavandería en la parte alta del atrio, cerca de la cubierta, o en la planta baja si queremos abrirla al barrio. En este último caso, empezamos a pensar en la «manzana de cuidados», más allá del edificio. De todas estas decisiones nos interesa especialmente lo que pueden favorecer: las relaciones humanas.
Me parece muy interesante lo que comenta. Más allá de unos criterios funcionales, ¿es simplemente que el proyecto se lo va diciendo por cómo está situado, la luz, etc., o realmente está encontrando patrones sobre qué opciones funcionan mejor?
Una de nuestras principales líneas de investigación en el despacho es cómo hacer que los espacios compartidos funcionen y que la gente se encuentre. La lavandería tiene un gran potencial porque parte de una necesidad doméstica y requiere un tiempo de espera. En otros espacios comunes decides expresamente ir a compartir; a la lavandería vas a hacer la colada. Si allí hay una mesa, unos libros o un espacio donde cuidar a los niños, ese tiempo ofrece la oportunidad de relacionarse. Hemos visto surgir intercambios de libros y conversaciones entre vecinos.
En un edificio que construiremos en Montgat, con 17 viviendas por planta, hemos previsto un espacio para hacer la colada en cada planta. En cambio, en GREENH@USE, la lavandería está en la última planta, en relación con la cubrición del atrio. Vamos probando según las oportunidades de cada edificio y los condicionantes del planeamiento.
También influyen mucho los factores culturales y generacionales. Cuando terminamos Glòries, en 2017, vimos que, para una parte de sus habitantes, ciertas actividades debían permanecer dentro de casa por una cuestión de pudor. En otros casos encontramos una mayor apertura a compartir. Es interesante observar cómo cambian estas actitudes y cómo los proyectos responden tanto a las transformaciones sociales como a nuestras estrategias de diseño.
Ha tocado dos o tres temas que me parecen muy interesantes claves y que me gustaría profundizar. Uno es la cuestión temporal y el otro es la dimensión del agua y de los recursos. La colada es una actividad que abarca diferentes espacios y tempos (desde casa, cuando acumulas la ropa, hasta los pasillos, la zona de lavar o la de tender). ¿Hasta qué punto la dimensión temporal puede afectar a la hora de definir el espacio o cómo entiende la distribución del programa?
Para nosotros, estas actividades son activadores de la vida compartida. En una sociedad en la que aumentan la soledad y el aislamiento, es importante que el edificio pueda ofrecer oportunidades de encuentro fortuito.
En Montgat, al distribuir una pequeña lavandería comunitaria en cada planta, acortamos los recorridos y el tiempo necesario para hacer la colada. También damos más visibilidad al trabajo doméstico: niños y mayores se cruzarán con él en su día a día y podrán ser más conscientes del tiempo y del esfuerzo que requiere.
Sacar la colada del ámbito privado introduce cierta desaceleración en la vida cotidiana. Ya no se trata de poner la lavadora a las doce de la noche procurando no molestar; requiere organización y una mayor conciencia de la actividad, casi como un ritual. Además, compartir permite disponer de una infraestructura de mayor calidad, que facilita el cuidado de la ropa y favorece el intercambio de conocimientos y las conversaciones entre vecinos. Queremos que compartir sirva, sobre todo, para ganar posibilidades, no únicamente para gestionar conflictos o problemas.
Y si estiramos la cuestión del agua, una de las grandes aportaciones a nivel de proyecto que explore es el rol del atrio y estos patios centrales, no sólo en la dimensión social, sino también climática. Una de las líneas que se están explorando en Girbau LAB es la regenerativa (reducción de microplásticos, reutilitzación de aguas grises…). ¿Cuál es su enfoque al plantear la arquitectura desde esta mirada de reutilización de los recursos como el agua en ciclos cerrados?
Cuando empezamos a trabajar en el comportamiento bioclimático de los edificios, nos dimos cuenta de que muchas decisiones tenían más que ver con las prestaciones de los materiales que con la estética. Si elegimos madera, es por su capacidad de absorber olores y regular la humedad; si elegimos hormigón, por su inercia térmica. El problema no es utilizar hormigón, sino ocultarlo tras un falso techo sin aprovechar esa inercia.
En este sentido, la lavandería ofrece varias posibilidades. La primera tiene que ver con el agua. Proyectamos sistemas de reutilización de aguas grises y pluviales vinculados a la vegetación, buscando que el uso y la reutilización del recurso contribuyan al funcionamiento de estos sistemas.
También está la dimensión energética. El secado de la ropa puede relacionarse con el comportamiento del atrio: su capacidad para captar calor o favorecer la refrigeración se aprovecha tanto para el secado como para los espacios de reunión adyacentes. Además, situar las lavanderías en cubierta permite activar estos lugares y darles un uso cotidiano.
Nos hemos encontrado, sin embargo, con un reto técnico y social. En edificios de vivienda pública donde conviven personas con distintos hábitos de consumo y de cocina, hemos tenido que ajustar los sistemas de tratamiento de aguas grises mediante microorganismos para evitar olores y garantizar su reutilización en las cisternas.
Mirando hacia el futuro y en el marco de la Capitalidad Mundial de la Arquitectura de Barcelona, ¿cuál cree que es el cambio de paradigma en el diseño de vivienda social que debería quedar consolidado de aquí al 2050?
Para nosotros, el mayor cambio de paradigma es el aumento de los hogares unipersonales. Es el dato demográfico que hay que tener presente: ya estamos en el 30% de hogares unipersonales en Cataluña y las expectativas son del 40-50% hacia 2050. Más allá de la soledad, esto genera un problema importante de recursos: se multiplican las cocinas, los baños y los servicios mínimos para cada persona. En Alemania, la superficie de vivienda se sitúa actualmente en casi 55 m² por persona, cuando en los años veinte hablábamos de 20 o 30 m². Somos muy eficientes por metro cuadrado, pero muy ineficientes por persona. Hay que tener en cuenta este factor.
Por eso debemos apostar claramente por los espacios compartidos y recuperar unas habilidades sociales que tenemos algo oxidadas. Ahora estamos construyendo una cooperativa para personas mayores organizada en clústeres: cada persona dispone de su espacio privado y comparte otros espacios dentro de una unidad de convivencia.
El riesgo es que estos avances acaben utilizándose para precarizar la vivienda, como puede ocurrir con el coliving especulativo. Hay diferencias importantes entre las distintas formas de cohousing, vivienda colaborativa y coliving. No queremos reducir los metros cuadrados privativos a costa de la calidad de vida. Por eso es fundamental contar con un marco normativo y un decreto de alojamientos actualizados que permitan tener en cuenta la aportación de los espacios comunes sin perder calidad residencial.
Por último, ¿cuál sería para usted el ingrediente principal de una «buena vecindad» y cuál es el trabajo que puede hacer desde la arquitectura para promoverlo?
Creemos que empieza por entender los distintos gradientes de intimidad y superar la dicotomía entre lo público y lo privado. Necesitamos incorporar a nuestro lenguaje el espacio privado, el compartido, el comunitario, el común y el de la manzana.
Distinguir estos ámbitos, más allá de «lo mío» y «lo tuyo», nos ayudará a favorecer otras relaciones. Nos interesa una lectura de la palabra «privado» vinculada a quitar o apartar de lo común. Esa interpretación sugiere algo bonito: que lo común estaba antes. Frente al individualismo que hemos aprendido, nos invita a repensar la relación entre lo propio y lo común.
Encantados de haber venido y de haber pasado por el Vecindario.

compartir