Maria Pia Fontana es arquitecta e investigadora del grupo de investigación REARQ de la UPC, de la Escola Sert del COAC y de su propio estudio, Mayorga Fontana.
En el marco del ciclo de entrevistas Vecindario de Girbau LAB, conversamos con Maria sobre las azoteas y los patios como espacios intermedios, domésticos y urbanos, y sobre su potencial para repensar la arquitectura doméstica y colectiva desde la premisa de «hacer más con menos». Ponemos en valor la rehabilitación y los umbrales como espacios de transición y relación social.
Desde su mirada como investigadora y proyectista, analizamos la colada compartida no solo como una solución técnica o un espacio funcional orientado a la eficiencia, sino también como una infraestructura colectiva capaz de fortalecer las redes vecinales y de transformar la relación entre el espacio privado, el comunitario y la ciudad.
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Tu carrera la has centrado en el estudio de los thresholds, los umbrales urbanos, y el rol de transición que tienen entre el espacio urbano y el doméstico, especialmente en terrados y patios. Tengo mucha curiosidad por entender de dónde te nace esta fascinación personal y académica, y por qué crees que es tan importante estudiar estos espacios intermedios.
A nivel profesional, en el despacho que tengo con Miguel Mayorga (Mayorga Fontana Arquitectos), siempre que hemos reformado un espacio doméstico hemos intentado introducir elementos intermedios que rompan la distribución canónica de salón y dormitorio.
A nivel de investigación, hace unos 25 años, recién llegados aquí, nos encontramos con un libro del arquitecte italiano Armando Sichenze que se llamaba El límite en la ciudad. Hablaba de la importancia de que la arquitectura dialogue con la ciudad a través de los límites que define con ella. Sichenze recuperaba toda una nomenclatura tradicional para nombrar los espacios de mediación o espacios in-between. Estos espacios tradicionales son los que te permiten definir la relación entre el adentro y el afuera. Explicaba, por ejemplo, cómo en el Palazzo Farnese de Roma hay un banco de piedra que rodea toda la fachada donde todo el mundo se sienta; es un palacio antiguo y cerrado, pero es permeable y amable con los vecinos y con la ciudad. A partir de aquí, investigamos mucho cómo los arquitectos modernos —Le Corbusier, Mitjans o Luigi Cosenza— integraban esto.
Cosenza también decía que aprendió a ser arquitecto cuando fue a la isla de Procida, donde estos espacios están muy presentes. Para mí fue una fascinación por un elemento que a veces no tiene ni nombre, de tan invisible como es, pero que es la clave de cualquier proyecto de arquitectura.
Si echamos la vista atrás, las ciudades mediterráneas se han organizado alrededor de estos puntos intermedios desde hace miles de años. ¿Cuál ha sido el rol histórico de espacios como el patio romano o el terrado comunitario, y cómo han evolucionado hasta la época moderna?
Yo creo que el patio o el terrado siempre han mantenido su rol inherente; nadie puede poner en duda su vigencia. Otro tema es si hemos sabido aprovecharlos. A menudo proyectamos edificios con espacios intermedios y, cuando el usuario quiere más espacio privado, los cierra.
La Covid-19 nos recordó que sin balcones o terrazas no se puede vivir. De hecho, a raíz de esto, en el País Vasco se aprobó una normativa que prohíbe construir viviendas nuevas sin balcones. Estos espacios, ya sea en la arquitectura moderna o en la tradicional, cumplen dos roles principales: el control climático y el apoyo a la vida colectiva. Son claves como respuesta al cambio climático y para desarrollar actividades cotidianas de la familia o de la comunidad.
Eres nacida en Nápoles, vives e investigas en Cataluña y has trabajado de cerca realidades como la de Grecia. Desde esta mirada geográfica compartida, ¿qué rol cumplen hoy estos espacios intermedios en nuestras ciudades mediterráneas y qué retos encontramos respecto a otras épocas?
Hoy en día hay mucha conciencia de que necesitamos estos espacios porque la emergencia climática y los días de mucho calor nos están poniendo entre la espada y la pared. Ya no podemos dar marcha atrás.
A mi modo de ver, ante esto, el gran reto actual es intervenir en el tejido ya construido. Si entras a vivir en un edificio donde este espacio intermedio ya existe, te adaptas de manera natural. Pero si vives en un bloque donde estos espacios no están, se tienen que conseguir o se tienen que recuperar porque habían quedado tapados por otros usos. Aquí topamos con el reto de cambiar las costumbres de personas que quizá viven en un lugar desde hace muchos años y tienen que asumir que recuperar estos espacios es necesario para mejorar sus condiciones de vida y climáticas, más allá de los retos constructivos y de financiación.
En el Vecindario nos gusta explorar la transición hacia formas de hábitat más comunitarias y sostenibles, y las tensiones culturales que surgen. Ahora que lo mencionabas, ¿cómo crees que la Covid-19 afectó o aceleró nuestra predisposición a compartir recursos o tiempo con la comunidad de vecinos?
Te compartiré dos cosas. La primera es una experiencia personal: durante el confinamiento descubrimos que teníamos un terrado comunitario precioso en nuestro edificio. Subimos por necesidad de espacio abierto y descubrimos dos realidades. Por un lado, una normativa interna que impedía a los vecinos que estaban de alquiler subir al terrado; solo podían ir los propietarios. Por otro lado, vimos que un espacio compartido evidencia rápidamente el tipo de vecindario que tienes: hay vecinos muy predispuestos a ocupar el espacio y pactar normas de convivencia, y otros que prefieren no tocar el terrado, por espectacular que sea, para evitar tener que pactar reglas de comunidad. La Covid nos enseñó que tenemos espacios olvidados en nuestros propios edificios que son tan imprescindibles como el baño o el dormitorio.
Actualmente estoy dirigiendo la tesis doctoral de Marina Campomar, que precisamente investiga el potencial de uso de los terrados de Barcelona en tres tejidos: el centro histórico, el Eixample y los polígonos de vivienda. ¿And sabes cuál es el problema principal que detectamos? La accesibilidad. Por mucho que los vecinos estén de acuerdo, si el ascensor no llega hasta arriba del todo, hay una barrera física de conexión directa con el espacio comunitario.
Entrando en esta investigación sobre los terrados, ¿qué estáis encontrando en términos de potencial según el tipo de tejido urbano?
En Ciutat Vella todo es mucho más fragmentado, pero el terrado funciona como un oasis acogedor para la vida cotidiana. En el Eixample pasa un poco lo mismo y encontramos casos de estudio muy interesantes, como la escuela Pérez Iborra, que utiliza el terrado del edificio como huerto pedagógico. Son superficies más grandes donde puedes combinar sillas, mesas, huertos y placas solares.
El gran reto por dimensiones son los polígonos de viviendas, donde las cubiertas son completamente planas. Allí prácticamente se tendría que proyectar una plaza exterior. El gran referente histórico es la Unité d’Habitation de Le Corbusier, que planteaba un terrado equipado con guardería, pista de correr y zonas verdes. Paradójicamente, cuanto más grande es el terrado, más problemático se vuelve porque a menudo es una explanada infinita de asfalto bajo el sol, sin nada más que el horizonte. Un caso curioso es la Casa Bloc de Barcelona, que es un emblema de la arquitectura moderna con sus pasillos y terrazas compartidas, pero donde los terrados quedaron sin aprovechar, esperando un uso. Por eso hace falta una metodología que analice el potencial de transformación de cada tejido.
Y desde tu experiencia profesional y de investigación, ¿cuáles son los miedos o resistencias del usuario a la hora de trasladar actividades como la colada a un terrado o patio compartido?
Muchas veces hay una especie de pudor o vergüenza respecto al espacio compartido; hay gente que no quiere que se vea su ropa tendida, por ejemplo. En Nápoles por ejemplo es menos común vivirlo así. Más allá de las ventajas objetivas que les puedas demostrar —como ganar espacio útil dentro de casa si sacamos la lavadora—, la resistencia más grande creo que es el cambio de costumbres. Modificar un hábito privado para llevarlo al terreno colectivo es el límite principal, y pasa con la colada y con cualquier otra función. Yo echo de menos por ejemplo sacar provecho de los rellanos de los edificios. El rellano podría ser un vestíbulo precioso antes de entrar a casa donde colocar un banco común, un cuadro o una planta. Si conceptualizas el proyecto así desde el inicio, el usuario lo asume de manera orgánica; el problema aparece cuando lo quieres implementar en una comunidad existente que se tiene que poner de acuerdo en cambiar cómo funciona.
Esto nos lleva directamente al rol de la arquitectura. ¿Cuáles son los elementos facilitadores que hacen que un buen vecindario fluya de manera natural y no parezca un programa forzado del edificio?
La respuesta la tengo en una imagen de la isla de Procida que decía antes, una isla muy pequeña frente a Nápoles. Tiene una arquitectura tradicional marinera preciosa con viviendas colectivas que se organizan alrededor de un espacio elíptico central. Allí se genera una ventilación natural magnífica, todo el mundo cuelga las sábanas y la ropa, y tiene unos balcones que funcionan como una pequeña plaza interior abierta al fresco. En esta imagen se expresa perfectamente que todo el ciclo de la lavandería comunitaria no es solo una solución funcional; es una solución social y climática. Diría que esta multiplicidad de funciones son grandes herramientas para convencer a la gente hacia el cambio.
Si miramos hacia el año 2050, donde la rehabilitación del estoc construido será prioritaria frente a la nueva construcción, ¿cuál crees que tiene que ser el rol de la lavandería compartida en la reconversión de edificios?
El futuro de la vivienda pasa por entender el edificio como un espacio de convivencia. La clave es diseñar espacios multifuncionales basados en la mezcla de usos, para que se salga de la lógica estrictamente funcional. Tenemos que hacer que te apetezca ir a hacer la colada. Si aprovechando que vas a lavar la ropa te puedes sentar en un sitio agradable como una sala de estar, con un espacio al lado para que tus hijos jueguen, con vistas a la ciudad, a un patio interior o a una zona verde, la motivación cambia completamente. Todo lo que pasa fuera de la ciudad tendría que poder pasar dentro del edificio, y los espacios intermedios son el canal para conseguirlo de manera natural.
Y en esta transición de usos hacia terrados o patios multifuncionales (energía, huertos, espacio social), ¿qué rol tienen que tener la administración, las empresas y los arquitectos para superar las barreras actuales?
Desde la universidad intentamos que la investigación se convierta en I+D (Investigación y Desarrollo) para provocar cambios normativos concretos. Como decía, primero hay que garantizar la accesibilidad física. Pero el principal obstáculo a veces es que te presentas a convocatorias públicas de innovación, propones ideas potentes, ganas la convocatoria, pero cuando llega el momento de ejecutarla te topas con la rigidez de la normativa y no se puede llevar a cabo. Te podría compartir un par de ejemplos de esto.
Necesitamos un acompañamiento institucional que flexibilice y adapte las normativas a los terrados, y un acompañamiento social de entidades comunitarias que hagan el trabajo de dinamizar a los vecinos para poder acceder a los beneficios reales que van a obtener.
Entonces, si la infraestructura está ahí, ¿la barrera más grande para reactivar estos terrados es la normativa o es la social?
Quizá me arrepentiré de decirlo, pero créeme que la barrera más grande es la social. Si una comunidad está absolutamente convencida y motivada para usar el terrado, encontrará la manera de adaptarse a la normativa o se organizará como un grupo de presión para pedir un cambio legal o instalar el ascensor. El gran desperdicio es tener un espacio potencial y no utilizarlo simplemente porque los vecinos no se ponen de acuerdo. Si la gente no está unida en el propósito, la arquitectura por sí sola no puede hacer nada. Coevolucionan, pero hace falta el buen vecindario.
Antes se hacía mucha más vida en los terrados de Barcelona. ¿Por qué crees que se perdió esta costumbre y cómo se puede recuperar desde la práctica interdisciplinar de la arquitectura?
Antes se hacía mucho más en todas las ciudades mediterráneas, en parte porque las casas eran menos cómodas y quizá había que salir a buscar el fresco o el espacio para tender las sábanas en todo su esplendor. Hemos vivido una evolución social muy individualista y marcada por la falta de tiempo. Hacer vida comunitaria implica disponer de tiempo tranquilo para hablar con el vecino. La rapidez con la que vivimos nos limita.
Para recuperarlo creo que también nos hace falta pedagogía y datos objetivos. Los arquitectos necesitamos el trabajo interdisciplinar para demostrar a los vecinos, con datos en la mano, que estos cambios de comportamiento aportan un ahorro económico de luz, una mejora térmica en casa o un retorno social. Además, tenemos que confiar en que el espacio es educador. Si la lavandería compartida se relega a un sótano oscuro cerrado con llave, no funcionará.
Nosotros trabajamos con el concepto CARE, que utilizamos como acrónimo de Carrer (Calle) y Arquitecturas para la Regeneración Urbana. Hablamos de «calle» porque es el primer espacio de encuentro ciudadano, ya sea fuera de la ciudad o en el interior de un edificio. Tenemos que imaginar calles interiores llenas de vida y de funciones dentro de la arquitectura (donde encontrarte la lavadora, el jardín o la sala de estar al salir de casa), de manera que te encuentres con la vida colectiva sin presiones ni obligaciones.
Esto que mencionas enlaza directamente con la visión de Girbau LAB sobre la «lavandería regenerativa». ¿Qué implica, para ti, diseñar bajo esta cultura regenerativa?
Regenerar es un concepto muy bonito porque implica, por definición, que estás partiendo de algo que ya existe. Cuando encaramos un proyecto, nuestra premisa es mirar y entender profundamente lo existente: a escala urbana, el contexto de la ciudad; a escala arquitectónica, cómo vive la gente en ese edificio y qué tejido social lo conforma. Esto es clave porque no entramos ahí de una manera agresiva intentando cambiarlo todo, sino que nos situamos desde la empatía. Si conoces a fondo el vecindario y su realidad, el análisis ya lleva implícita la respuesta transformadora. Ahí es donde radica la clave de la regeneración, diría, no solo a escala de un edificio sino a cualquier escala.
Muy bien, Pia. Muchísimas gracias por pasar por el Vecindario. Nos vemos a la próxima.
Muchas gracias a vosotros, ha sido un placer compartir este rato.

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