Anna Llonch es arquitecta y cofundadora de Cierto Estudio. Junto a su equipo, se ha convertido en un referente de la nueva arquitectura colectiva en Barcelona, rompiendo esquemas en proyectos como Illa Glòries o en la transformación del espacio público a través de los ejes verdes, como el de la calle Consell de Cent.
En esta nueva entrevista del ciclo Vecindario, creado por Girbau LAB, conversamos con Anna sobre cómo repensar la vivienda desde una mirada desjerarquizada; sobre el potencial de los espacios de transición —como las pasarelas y los rellanos— para generar comunidad; y sobre cómo el diseño puede sacar las tareas de cuidados del ámbito doméstico para convertirlas en un activo del tejido vecinal.
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En el proyecto de la Illa de Glòries diseñasteis espacios intermedios – como pasarelas, patios y rellanos – con las cualidades como si fueran estancias y lugares de encuentro. ¿Cómo plantea el diseño de estos espacios de transición para que las vecinas se sientan cómodas y se los apropien de forma espontánea?
La primera premisa es el confort climático: deben ser lugares agradables donde apetezca pasar el rato. En Glòries, por ejemplo, orientamos la pasarela para que diera siempre al sur. Además, priorizamos rehuir de las geometrías normativas lineales, como puede ser el pasillo de 1,20 m de ancho paralelo a la barandilla. Planteamos una geometría más generosa e irregular que genera gradientes de privacidad diferentes en los que se puede estar, además de pasar.
Nuestra arquitectura suele ir de adentro hacia afuera. En este proyecto, giramos las cocinas y los recibidores de acceso a 45 grados, generando un rincón irregular muy recogido en la entrada de cada vivienda. Esto crea la sensación de tener un segundo balcón privado que, a pesar de ser un espacio comunitario de paso, puedes apropiarte de forma natural. Desde los renders ya colocábamos mesitas y sillas, y ahora los vecinos ponen de manera espontánea taburetes, bicicletas, plantas o juguetes de los niños. El sentimiento que se genera es muy bonito: si cuido ese espacio de transición que siento como mío, a la vez estoy cuidando a la comunidad porque es el espacio de todos.
Cuando se introducen estas nuevas distribuciones y espacios compartidos que rompen con el esquema de vivienda tradicional, ¿con qué barreras culturales o límites mentales se encuentra de cara al usuario?
Hay personas que lo entienden y reciben muy bien desde el inicio, pero otras piden enseguida cómo pueden colocar una valla o algún elemento para cerrarse. Tenemos una cultura muy social y comunitaria pero que a la vez se expresa para preservar la privacidad visual en este caso, a diferencia del norte de Europa, donde quizás todo está más abierto para buscar la luz. Aquí nos encontramos con el contraste que queremos luz y vistas, pero no siempre hacia el espacio comunitario por miedo a ser vistos por los vecinos.
Por eso es clave el diálogo constante entre arquitectos, promotoras y vecinos para explicar que estos espacios no son una pérdida de privacidad, sino una extensión de tu casa. Se debe dejar tiempo para el cambio y la comprensión. Es un proceso paulatino de adaptación y cambio de chip: cuando ves cómo lo utiliza el vecino, te animas a hacer lo mismo, y así ir haciendo.
En el diseño de vivienda colectiva desjerarquizada que planteáis normalmente hay habitaciones de tamaños similares que eliminan la jerarquía clásica dentro del hogar. ¿Cómo afecta esta flexibilidad a la ubicación y la percepción de las tareas domésticas de cuidado, como por ejemplo la colada?
El hecho de que los espacios tengan tamaños similares y no promuevan de entrada una jerárquica entre tareas está muy relacionado con el fomento de las tareas compartidas, tanto en la cocina como en la lavandería, por ejemplo. Si estas zonas tienen el tamaño suficiente para convertirse en espacios más sociales, compartidos y dinámicos, las tareas de cuidado se trasladan a lugares privilegiados donde pueden pasar muchas otras cosas a la vez. Tanto a nivel de casa como dentro del edificio.
Una cocina bastante agradable, bien ventilada, con buena luz y espacio de conexión con otros aposentos puede ser mucho más que un espacio para cocinar; puede ser un lugar donde los niños hacen los deberes, dónde trabajas o dónde comes. De la misma forma, la lavandería puede integrarse como un espacio de entrada a la casa, un lugar de almacenamiento o un espacio extra de trabajo.
Este recurso no es nuevo: se encuentra en plantas históricas muy antiguas, donde la actividad se concentraba en torno al fuego y la cocina. Ahora estamos revisando y recuperando estas distribuciones desjerarquizadas porque nos aportan mayor flexibilidad a la hora de compartir la vida doméstica, colocando estas funciones en espacios de calidad y de primera categoría, en lugar de relegarlas a rincones residuales.
Si colocas la lavandería o la cocina en un espacio privilegiado, o incluso compartido, y no en un rincón oscuro y residual, se convierte en un espacio que puedes disfrutar mientras realizas el trabajo; un lugar para relacionarte, charlar con la familia o los vecinos y donde te apetece pasar el tiempo. En cambio, si es un espacio oscuro, estrecho y pequeño, lo único que buscas es resolver la tarea lo más rápido posible y marcharte.
La ubicación de estos espacios cambia radicalmente la experiencia de la vivienda. Esto tiene potencial para transformar la lavandería en una herramienta que dinamiza el espacio colectivo y fomenta la relación vecinal.
Y como arquitectos, ¿qué opciones se abren en el programa de los edificios si pensamos la ubicación de las lavanderías y los espacios de tender ropa en el ámbito de la cubierta, rellanos o plantas bajas?
En la cultura mediterránea, tender la ropa es una actividad muy cotidiana y de relación social. Por practicidad, pensamos que es importante tener un espacio de colada muy cerca de casa para el día a día, pero al mismo tiempo hay que ofrecer un segundo espacio más generoso, como la azotea, donde tender las sábanas y la ropa más grande.
En Glòries, por ejemplo, cuando subes a la cubierta siempre encuentras ropa tendida y vecinos charlando. Es un espacio muy agradecido que, exactamente igual que la cocina, demuestra que las labores de cuidado y limpieza tienen un gran potencial socializador y de encuentro cuando se diseñan correctamente.
Más allá del ámbito doméstico ha liderado proyectos de transformación urbana como la pacificación de Consell de Cent en Barcelona para humanizar el espacio público. ¿Qué relación mantiene vuestra sensibilidad sobre el espacio compartido a escala de edificio con estas intervenciones urbanas?
En realidad, el viaje fue a la inversa: trasladamos a la calle de Consell de Cent las estrategias domésticas que aplicamos habitualmente en la vivienda. Planteamos el concurso desde la domesticidad, trabajando los filtros y la fricción de las plantas bajas con la calle como eje vertebrador de la ciudad, intentando despertar la curiosidad de quien anda y mira hacia el interior de los patios.
Utilizamos el verde para convertir las plantas bajas en el escenario de todos. Esto genera una escala humana y una sensación de proximidad muy fuerte; cuando pasas, sientes que la calle podría ser el patio o el salón de tu casa.
Si pensamos en el viaje de regreso a la vivienda, el objetivo es que el recorrido desde la acera hasta el sofá sea muy gradual: pasar de la calle -más público, a un porche, de allí a un patio verde recogido, después al núcleo de escaleras y finalmente a los espacios colectivos de rellano que te llevan a tu puerta. Este gradiente de privacidad permite que los espacios comunes – que ojalá puedan incorporar en un futuro lavanderías o cocinas compartidas – funcionen como pequeños salones comunitarios donde el propio mobiliario y el verde inviten al recogimiento.
Más allá de la vecindad, iniciativas como el ciclo de entrevistas Vecindario ponen el foco en una cultura de la colada regenerativa que prioriza por ejemplo el ahorro de agua. ¿Cómo trabajas desde vuestra arquitectura aspectos más estructurales sobre el ciclo de los recursos compartidos en los edificios?
El ciclo del agua es un vector fundamental de nuestro trabajo. Desde el inicio de los proyectos trabajamos estrechamente con la cooperativa Societat Orgànica para plantear estrategias de ciclo cerrado de agua, por ejemplo. Buscamos recoger tanto las aguas pluviales como tratar las aguas grises de las lavadoras y duchas para reaprovecharlas para el riego y las cisternas de los lavabos.
Debemos cambiar la gestión del agua en nuestras ciudades, sustituyendo superficies de asfalto por sistemas urbanos de drenaje sostenible que recuperen el agua para los acuíferos, tanto los naturales como los creados por nosotros. Esta integración ambiental y tecnológica siempre debe ir estrechamente ligada a nuestros proyectos.
Pensando en el futuro de aquí a 2050, ¿cuáles crees que serán los factores clave en el desarrollo de la ciudad y el espacio construido?
No sólo porque estamos con el calor del verano ahora, pero creo que debemos caminar hacia ciudades mucho más verdes y con más refugios climáticos para poder aguantar unos calores cada vez más extremos. Esto implica reducir de forma drástica la presencia del coche a favor de la bicicleta y del peatón, consolidando el modelo de la ciudad de los 15 minutos para tener todos los servicios al alcance. O imaginar una calle equipada con pequeños artefactos que hagan puntos de encuentro para la gente mayor y los niños. Esto entiendo que es una visión bastante compartida.
Además, creo que será muy interesante integrar la tecnología y la recogida de datos en el espacio público para optimizar recursos de forma inteligente: desde pérgolas conscientes de la pluviometría hasta macetas autosuficientes que se auto-rieguen. En definitiva, creo que en un futuro la tecnología estará mucho más al servicio de la gestión y creación de espacios de relación comunitarios climáticamente adaptados.

Equipo Cierto Estudio. Créditos Marta Vidal

Equipo Cierto Estudio. Créditos Marta Vidal

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