06 May 2026

Ricard Grau. Tejer comunidad desde la ruralidad y los servicios compartidos

Ciclo de entrevistas Vecindario

Ricard Grau es arquitecto de la cooperativa Laboqueria Arquitectura y miembro de la asociación Repoblem. Su práctica conecta arquitectura, ruralidad y gestión colectiva de los recursos, con una mirada situada en los micropueblos y en las formas de convivencia que sostienen la vida cotidiana en territorios de baja densidad.

En el marco del ciclo de entrevistas Vecindario de Girbau LAB, esta conversación pone el foco en cómo los servicios compartidos -como la colada, los obradores, los espacios de cuidados u otras infraestructuras comunitarias- pueden reforzar la vecindad, fijar población y responder a retos como la escasez de agua, el aislamiento o la falta de servicios básicos.

Conversar con Ricard es entender que la vida en los micropueblos no es una realidad estática, sino un ecosistema que encuentra continuamente nuevas estrategias de convivencia. A través de su experiencia, explora el tránsito de la autosuficiencia de las casas pairales hacia una nueva ruralidad donde los servicios compartidos se convierten en infraestructuras esenciales de vecindad.

En esta conversación, defiende que vivir en un pueblo pequeño es un ejercicio constante de cuidados e interdependencia, donde la colada compartida no es solo una solución eficiente ante la escasez hídrica, sino también un espacio de encuentro que recupera el papel social de los antiguos lavaderos. También nos invita a mirar el futuro desde una innovación social que conecta el saber de la gente mayor con las necesidades de quienes llegan, convirtiendo el apoyo mutuo en una herramienta para combatir el aislamiento y garantizar la dignidad vital en el mundo rural.

 

Escucha la entrevista original

 

Una de las razones por la que te hemos invitado es para traer esta mirada más de espacios en territorios rurales. ¿Cuáles dirías que son los retos que afrontan hoy los pueblos o micropueblos, así en general?

Desde la propia experiencia, como un recién llegado a un pequeño micropueblo en el centro de Cataluña, veo que son pueblos que han sufrido durante muchos años un éxodo demográfico exponencial. Es decir, la renovación de maquinaria agrícola y la centralización de servicios ha hecho que muchas personas que envejecen en estos pueblos decidan irse a vivir a municipios o ciudades más grandes por ciertas comodidades.

¿Qué es lo que nos encontramos ahora? Que personas que tenemos ganas de modificar nuestro día a día, de dar un cambio de vida, de plantearnos el reto de una convivencia con la naturaleza, nos encontramos en pueblos más desolados, con servicios muy reducidos, donde el transporte y la comunicación es nula o extremadamente nula.

Entonces, en la actualidad, estos municipios tienen que sobrepasar estos retos con otra mirada: la mirada de la salud, de crear una nueva comunidad donde los valores de convivencia para poder afrontar los retos del día a día estén al frente.

De hecho, es una de las cosas que hemos estado hablando mucho en este ciclo: la dimensión de convivencia y la relación entre los vecinos. ¿Qué diferencias dirías tú que hay? Entiendo que tú vivías antes en un entorno quizá más urbano. ¿Qué diferencias ves en el día a día y en la convivencia?

Es una reflexión superinteresante y ahora que venía hacia aquí pensaba en ello. Yo he pasado de vivir en una ciudad como São Paulo, que son 11 millones de habitantes, donde muchos de los edificios donde vivía no tenían servicios compartidos ni espacios comunitarios, pero vivíamos muchísima gente en el mismo edificio. Después pasé a vivir al Born, en el centro de Barcelona, en un edificio relativamente pequeño donde uno de los espacios comunes, la terraza, estaba privatizada y, por lo tanto, no teníamos una relación vecinal muy arraigada.

Pasé a vivir a un pueblo donde vivimos 14 personas, en el centro de la Segarra, y realmente la comunidad vecinal es la de los cuidados. Nosotros siempre decimos que vivir en un pueblo como el nuestro ya es cuestión de pasar un invierno. Y pasar un invierno significa los cuidados emocionales, los cuidados de las necesidades básicas y de la propia convivencia.

Por lo tanto, para mí ha sido como un cambio radical el hecho de que, viviendo en un pequeño pueblo donde te da la sensación de que estás más solo, en realidad estás muy acompañado.

En cuanto a la dimensión de escala y el número de personas que tienes alrededor, ¿cómo dirías que ha ido evolucionando la dimensión de escala centrándonos más en las prácticas domésticas? Por ejemplo, en Cataluña se han ido haciendo más pequeñas. En el contexto de los micropueblos, ¿cuál es la escala que tú ves que tiene más sentido en esta práctica doméstica: la casa, el pueblo, el barrio o la comarca?

Yo formo parte de la asociación Repoblem y allí analizamos muchas casuísticas en diferentes regiones de Cataluña. Una que es la más particular, y la que más nos gusta comentar, es el hecho de que quizá hace un siglo las personas que vivían en estos pueblos vivían en casas bastante autosuficientes basadas en la producción constante.

En aquellas casas donde ahora vivimos, en aquel momento no había un espacio de sofá o un espacio para ver la tele. Realmente, el espacio de encuentro era la cocina, un espacio más núcleo de la propia familia, y los espacios comunitarios eran los lavaderos (safarejos). Estos dos espacios, que delimitaban un lugar de encuentro, de conversación, de final o de inicio del día donde se compartían reflexiones y preocupaciones, eran cruciales para el bienestar social y emocional de estos pueblos.

Por ejemplo, donde vivimos nosotros, en el Vall del Corb, hay catalogados entre pesqueras y lavaderos más de 12 espacios que los propios municipios están rehabilitando ahora. Se rehabilitan porque son iconos de aquel momento donde toda la comunidad se encontraba para lavar la ropa y compartir las vivencias del día a día. Era una relación muy basada en el agua.

Con el cambio climático, estos lavaderos han ido perdiendo la posibilidad de abastecerse de agua, pero actualmente los usamos para recorridos culturales o como puntos de encuentro donde la gente puede hacer una pequeña cata mientras camina. Paralelamente, las casas han cambiado. Las cocinas eran el espacio más grande porque estaba el fuego en el suelo y los bancos para calentarse en invierno, mientras que en los porches o patios era donde pasaba el verano. Ahora la televisión ha tomado mucha importancia, la conversación es unidireccional y estos puntos de encuentro se han disuelto.

Digamos que la dinámica ha ido pasando de casa a fuera y de fuera a casa. Ahora me gustaría entrar en la imagen de la colada. ¿Cuál es la realidad hoy en día de la colada en los pueblos o micropueblos de entorno rural? ¿Ves alguna diferencia con el entorno urbano?

A ver, hay un punto que es crucial, que es lo que te explicaba como anécdota personal. El espacio del lavadero te cumple una necesidad básica: mantener ropa limpia y seca constantemente, porque mueves mucho volumen cuando tienes hijos o personas mayores a cargo.

En este sentido, vemos que en muchos casos se centralizan o empiezan a aparecer espacios de lavandería industrial en ciudades cercanas como Cervera, Tàrrega, Lleida o Balaguer. ¿Por qué? Porque aparece la particularidad de la casa rural. Una casa rural puede recibir entre 6 y 21 personas en un fin de semana y, como tienen una rotación muy elevada, usan servicios industriales. Esto ha creado empresas, algunas de economía social, que permiten la incorporación laboral y crean puestos de trabajo.

Paralelamente, en muchas de las casas que yo, como arquitecto, estoy rehabilitando, este espacio de lavadero ya no está en el núcleo interior de la casa, sino que forma parte del espacio exterior. Si la casa tiene jardín, se crea un anexo donde está la lavandería. ¿Y por qué? Porque somos un entorno con mucho viento, mucha niebla y, en invierno, pocas horas de sol. Necesitamos espacios grandes donde poder utilizar secadoras de manera particular.

Desde Repoblem hemos visto que, en pueblos donde ha habido un éxodo contrastado con gente de ciudad que se ha ido a vivir allí, la propia comunidad pide espacios comunitarios para ciertas actividades. Una es la barbacoa, porque muchas casas tienen jardines reducidos; otra es el espacio de cuidados infantiles para compartir la crianza de los niños después de la escuela; y el tercer espacio es este que comentamos: tener un espacio dimensionado donde poder hacer la colada (lavar, secar y planchar) ya no solo para casas particulares, sino también para actividades productivas o culturales.

Hay una dimensión central, que es la de los recursos. Originalmente, en las prácticas ancestrales, el uso del agua era clave, aunque no hubiera tantos recursos tecnológicos. ¿Cuáles son los recursos que crees que son más importantes a la hora de plantear este servicio hoy en día?

Desde la realidad de los pueblos hablamos mucho con ayuntamientos. El reto principal entre 2024 y 2030 es la gestión del agua. Tenemos pueblos, como Santa Coloma de Queralt, que disponen de dos tipos de aguas: aguas de acuíferos y aguas que vienen del canal Segarra-Garrigues.

La gestión del agua es muy preciada. Hasta ahora, como no faltaba, los agricultores tenían un grifo y el agua fluía sin preocupación. ¿Qué pasa ahora? Hay que invertir en rehabilitar conductos porque las tuberías antiguas de fibrocemento pierden volúmenes exagerados de agua.

Esto nos hace pensar en lo que pasaba antes. La casa donde he vivido durante seis años tenía dos cisternas. Se almacenaba el agua y se decía que los meses con «R» se tenía que cerrar porque se podía pudrir, y cuando llovía de nuevo los meses sin «R» se podía utilizar. Esto lo hacían porque pasaban meses sin agua y tenían que ir a las fuentes de más abajo. Ahora mismo estamos volviendo a aplicar esto: tener cisternas de mínimo 10.000 litros. El año pasado no nos llovió en ocho meses. El agua se tiene que gestionar bien y la gente está tomando conciencia de que lo que antes parecía gratuito ahora requiere una gestión comunitaria.

¿Y qué espacios crees que tienen más incidencia en esta gestión comunitaria o colectiva? Pienso en la lavandería, ¿pero hay otros?

Sí. Vemos que la actividad agrícola se está concentrando en terratenientes, y la ganadería intensiva consume grandes cantidades de agua, lo que genera conflictos con la gente que se dedica a los servicios. Los depósitos son limitados y se comparten con el consumo del municipio.

Otro factor es que la gente se estaba quedando sin agua en casa por no haber recuperado las cisternas. Nos ha pasado en el Pirineo, donde han tenido que contratar camiones cisterna. ¿Y cuáles eran los grandes consumos? Las duchas y lavar la ropa. Esto hizo reflexionar a la gente: ¿nos podemos duchar en 5 minutos en vez de 20? ¿Podemos concentrar y reutilizar la ropa en vez de lavarla cada día?

También es curioso el tema de las secadoras. Al secar la ropa se ven los residuos que deja el tejido (las fibras en el filtro). En algunos pueblos se han comprado secadoras industriales compartidas y, al ver la cantidad de residuo, la gente ha entrado en debates sobre el impacto de lo que consumimos. Es el mismo debate que con la energía solar: ¿placas en los campos o en los tejados? La actividad productiva tiene que ser consciente de su impacto en las personas con las que convive.

Muy interesante esta mirada sobre los consumos y las prácticas cotidianas. Me gustaría explorar ahora la dimensión de compartir. Se ha ido perdiendo el aprendizaje cultural de saber estar en comunidad, pero parece que en los pueblos aún existe esta cultura del apoyo mutuo. ¿Cómo describirías esta manera de hacer?

Esto se debe a que muchos pueblos siguen siendo segundas residencias de personas que nacieron allí. Esta identidad permite que actividades como organizar la fiesta mayor o la castañada estén inscritas en su piel. Dos vecinos se pueden llevar muy mal, pero el día de la fiesta mayor todo el mundo está en la plaza ayudando. Es un respeto por la cultura que está por encima de la convivencia personal.

Yo, que aún soy recién llegado a mi pueblo, veo que la conversación es lenta. Hay que crear lazos y entender las dinámicas desde el respeto. Aún estamos en un momento «romántico» donde se comparten derechos de paso, herramientas o, si nieva, un agricultor coge la pala y abre los caminos sin que nadie se lo pida. Está en su ADN.

También las casas de la villa o los antiguos ayuntamientos se están transformando en casas de servicios, donde la gente se encuentra, comparte comida, juguetes o equipos de sonido. Pasa porque sí, nadie lo ha impuesto.

¿Qué otros espacios facilitan esta socialización en tu pueblo?

En el caso de los agricultores, la báscula donde pesan los tractores es un lugar clave de reflexión sobre si ha llovido o cómo va la cosecha. En los pueblos más grandes, el bar es el centro neurálgico donde toda la información va y viene. También están las barbacoas, los parques infantiles y las cooperativas.

Las cooperativas nacieron para controlar la producción de aceite, vino o cereal. Algunas se han fortalecido, pero otras se pierden por falta de relevo. Las hay muy innovadoras, como la de L’Espluga de Francolí, que tiene incluso gimnasio. Es una lástima que mucha gente no perciba el potencial de estos espacios colectivos.

Para acabar, ¿cuál es la parte más de «sombra» de esta vida rural? No todo es fácil. ¿Qué hace que un servicio compartido realmente se utilice y se consolide en un pueblo?

La realidad territorial en Cataluña tiene carencias en transporte, sanidad y vivienda. Hay zonas donde todo está enfocado al turismo y no hay acceso a la vivienda para la gente del pueblo. En la Cataluña Central, el servicio de carreteras es muy limitante y la fibra óptica llegó justo el año pasado; antes íbamos por radio.

Los ayuntamientos tienen recursos muy reducidos y los equipos técnicos quizá solo vienen una vez cada 15 días. Tienes que ser muy estratégico: cuando compras, tienes que comprar para dos semanas. Si pierdes una hora en el médico, quizá no te vuelven a recibir hasta dentro de 15 días.

Lo interesante es cuando estas comunidades conviven: el agricultor y el recién llegado que no hace un servicio productivo. Cuando llueve, la casa de la villa se convierte en un centro neurálgico donde unos hacen co-working improvisado, los niños juegan y los más mayores comen o fuman. Estos espacios son estratégicos porque todo el mundo los cuida. También están apareciendo centros de cuidados para personas mayores que no son las residencias clásicas, sino lugares donde encontrarse, y estos espacios podrían acoger también usos como las lavanderías compartidas.

De cara al futuro, ¿cómo crees que evolucionará la colada u otros servicios compartidos en los micropueblos? ¿Qué ventaja podrían ofrecer estas zonas a las más pobladas?

Una de las preocupaciones es que estamos perdiendo los oficios vernáculos: el herrero, el carpintero, el albañil que sabe trabajar la piedra. Se está perdiendo el relevo del aprendiz y el conocimiento de la palabra que tienen los mayores.

Hay un momento de ruptura de este conocimiento comunitario, pero están apareciendo soluciones interesantes como las furgonetas itinerantes de servicios que llevan pan, carne o servicios de limpieza a pueblos donde ya no hay comercio. También están creciendo los obradores compartidos, sobre todo para alimentación, pero creo que en la parte sanitaria y de limpieza sería superinteresante.

Mucha gente mayor se marchará de los pueblos si no tiene estos servicios. Compartir cuidados y servicios es una herramienta para fijar población y educar tanto a los jóvenes como a los más mayores en una dinámica de colaboración que, de hecho, siempre había existido.

Muchas gracias por venir al Ciclo de entrevistas Vecindario de Girbau LAB. Has abierto muchos temas interesantes.
Muchas gracias a vosotros