David Llorente y su hijo Iu, socios de la cooperativa de viviendas La Chalmeta, en el distrito de Sants-Montjuïc en Barcelona, comparten dos miradas complementarias sobre la vida comunitaria: desde la experiencia de un modelo de vivienda más individualizado hasta la naturalidad con la que Iu ha crecido compartiendo espacios y servicios con el vecindario. La entrevista nos acerca a formas cotidianas de construir comunidad, donde la lavandería compartida, el huerto, el co-working o los espacios comunes aparecen como infraestructuras que facilitan un día a día más sostenible, flexible y colectivo.
Escucha la entrevista original
¿Cómo os imaginabais antes de entrar a vivir en La Chalmeta que sería eso de compartir la vida? ¿Qué expectativas y miedos teníais?
David: Las expectativas eran bastante altas en mi caso, pero cada uno tenía sus propias imaginaciones. Somos una comunidad diversa en La Chalmeta: personas solas, familias con niños, gente mayor… En nuestro caso, veníamos de un piso de alquiler en el Eixample donde no había prácticamente nada comunitario. El tema del lavado y de la casa era totalmente privado; ni siquiera estaba permitido subir a la azotea. Por lo tanto, el lavado te lo quedabas en casa y esa era toda la experiencia.
Iu: Para mí entrar en una cooperativa sonaba a algo nuevo. Compartir espacios comunes con otros vecinos o ir de un piso a otro porque ya nos conocemos todos es una forma de vivir diferente que me gusta. Al principio te puede dar un poco de miedo tener que hablar con tanta gente nueva, pero te das cuenta de que se trata de gente normal como tú.
¿Cómo es el lavado en La Chalmeta? ¿Cómo funciona el servicio y cómo os repartís la tarea en casa?
David: La lavandería está en la planta baja, en un espacio comunitario bastante grande. Tener la lavadora abajo hace que tengamos más espacio en casa. Cuando tenemos que hacer la colada, bajamos y la ponemos; mientras la máquina funciona tienes margen para hacer otras tareas o salir a dar un paseo. Además, te puedes encontrar con algún vecino y quedarte allí hablando.
En casa somos una familia de cuatro y nos repartimos la tarea. Cuando el saco de ropa está lleno bajamos. A lo largo de la semana ponemos lavadoras cada dos o tres días. Tenemos la particularidad de que tendemos la ropa en unos patios que se comparten por cada planta. Así que no es que tengas que ponerte de acuerdo cada vez con el vecino, pero vas viendo si el espacio está ocupado y te adaptas.
Respecto a vuestra forma de hacer la colada antes, ¿qué diríais que habéis ganado o perdido?
David: Al final no cambia tanto la cosa, simplemente compartes el mantenimiento, los detergentes y las situaciones cotidianas de forma informal. El hecho clave es que sacas la lavadora de casa, algo que en pisos pequeños se nota mucho visualmente. Bajarlo a un espacio común no ha sido ningún impedimento.
Quizá estás más pendiente de los horarios para tender la ropa o te puedes encontrar las lavadoras llenas, pero no tenemos ningún tipo de orden rígido ni ningún Excel para gestionarlo. Somos una comunidad de 32 viviendas, pero de momento solo 8 lavamos comunitariamente con 5 lavadoras. Esto nos permite una gestión muy informal: conoces los hábitos de los vecinos, sabes quién lava entre semana y quién lo hace el fin de semana, e intentas evitar sus horarios. Todo son ventajas.
¿Habéis notado que compartir la lavandería haya cambiado vuestra relación con el vecindario?
David: Sí, te agrupas por afinidades de alguna manera. La gente que quiere lavar compartiendo la lavadora ya genera un grupo. Con el vecino de al lado, por ejemplo, nos vemos a menudo mientras tendemos la ropa y aprovechamos para charlar y ponernos al día. Bajar a la planta baja hace que te encuentres con gente que quizá está comiendo por allí o jugando, y eso ayuda a socializar.
¿Hasta qué punto las diferencias de edad o de ritmos de vida afectan a la hora de imaginar la colada?
Iu: Somos gente un poco diferente. Hay familias con niños pequeños que quizá no pueden permitirse tener la lavadora seis pisos más abajo porque implica dejar a los niños en algunos momentos. Otras personas que están solas aprovechan el fin de semana.
David: También nos encontramos con gente que no compartiría las lavadoras por privacidad. Había reticencias a la idea de que detrás de tu ropa vendría otra, pero en realidad es algo muy limpio; no compartes ninguna “miseria”. Nuestra comunidad admite todas las variables: desde quien encuentra un calcetín y lo lleva puerta a puerta al vecino porque ya sabe de quién es, hasta gente con la que no compartes ni un minuto de este mundo del lavado.
Iu, para ti, que prácticamente has crecido en este piso, ya es normal lavar en este espacio. ¿Qué percepción tienen tus amigos cuando vienen a casa?
Iu: Sí que he traído a algunos amigos, y hemos ido a veces al espacio comunitario, que es bastante grande y tiene algún sofá. De repente entran y ven unas lavadoras allí y les parece un poco extraño. Entonces les explico que vivimos en una cooperativa, que es diferente, que compartimos el espacio para poner lavadoras cuando cada uno quiere y que está abierto a todo el mundo.
¿Cuáles han sido las claves para que esta lavandería compartida funcione con el mínimo conflicto?
David: El hecho de no tener un seguimiento rígido y apostar por la informalidad. Se trata de respetar cómo lo hace cada uno. Una vez aceptas entrar en el grupo de lavandería, ya aceptas que compartirás el mantenimiento y los gastos.
Tuvimos que ponernos de acuerdo en cómo facturar el agua y la luz, ya que la lavandería tiene su propia facturación, pero una vez establecido el reparto, no hemos tenido problemas. También fue importante el debate sobre dónde tender la ropa; fue un proceso intenso decidir si se hacía en el patio o en la azotea, pero después de cuatro o cinco años, estas manías se van disolviendo y el uso común da normalidad a la vida diaria.
Más allá de la colada, ¿qué otros espacios o dinámicas compartidas tenéis en el edificio?
David: Principalmente la planta baja, donde hay la cocina, un espacio para comer y una mesa de ping-pong. En la quinta planta tenemos una azotea con un huerto en proceso y una mesa para comer, y en la azotea superior están las placas solares. También tenemos un co-working que ahora compartimos con una empresa, pero donde los vecinos pueden ir a trabajar o estudiar.
Además, hay un espacio que se está configurando como taller de bricolaje y un grupo de vecinos quiere montar un gimnasio compartido. Son espacios que se van ocupando de manera bastante informal. El tema de usos se ha ido regulando para evitar fricciones y está funcionando. Estos espacios también se comparten a veces con grupos externos o visitas del barrio.
Y si pensamos en servicios o formas de compartir que no sean espacios físicos, como apoyo social o redes de barrio, ¿tenéis alguno?
David: De momento, cosas hacia el barrio u otras entidades aún no han estado sobre la mesa porque llevamos pocos años viviendo allí. Quizá no se ha dado la ocasión de generar este tipo de trabajo social todavía, pero estamos abiertos a recibir visitas y peticiones de gente externa para usar el espacio. No estamos cerrados a que se produzcan estas situaciones más adelante.
¿Qué recomendación haríais a las personas que se están planteando vivir en un modelo más comunitario?
David: Que entiendan que es un trabajo de desprenderse de muchos tics de la cultura individualista. Cuando empiezas a compartir cosas tan cotidianas como lavar la ropa, te das cuenta de la cantidad de manías que tenemos. Al final, el tema de la colada no tiene secreto: sigues lavando tu ropa, no la del vecino, por lo tanto no ataca la privacidad de nadie. Se trata de poner en el centro un poco de humanidad en el día a día.

compartir