26 Mar 2026

Cristina Gamboa. La lavandería como servicio compartido en la arquitectura comunitaria

Ciclo de entrevistas Vecindario

En esta conversación, Cristina Gamboa, socia de la cooperativa de arquitectos Lacol, comparte reflexiones sobre el papel transformador de los servicios compartidos en la vivienda cooperativa en Cataluña, destacando la lavandería comunitaria como un espacio estratégico e indispensable. Lejos de entenderlos como lugares oscuros o periféricos, se apuesta por situarlos en espacios centrales y luminosos del edificio para fomentar el vecindario, la eficiencia energética y el ahorro de recursos en un contexto de emergencia climática. A través de ejemplos como La Borda, La Balma o La Morada, explica cómo compartir servicios para tareas domésticas permite repensar los gradientes de privacidad y convivencia, al tiempo que amplía las interpretaciones normativas actuales de habitabilidad para avanzar hacia modelos de arquitectura más regenerativos.

 

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En el proceso de cambio social hacia prácticas económicas, comunitarias y sostenibles en el ámbito doméstico, como el que explora el ciclo de entrevistas Vecindario, los arquitectos jugáis un papel central. Además, en Lacol estáis especializadas en proyectos de vivienda cooperativa donde los espacios compartidos son un elemento importante. Desde tu experiencia, ¿qué papel desempeñan hoy en día los servicios compartidos en los proyectos de vivienda en Cataluña?

Para nosotras es uno de los puntos troncales. El hecho de repensar cómo vivimos, cuáles son los gradientes de privacidad y las capacidades de las actividades cotidianas para compartir espacios comunitarios es lo que permite replantear las dinámicas. También permite repensar los impactos ambientales de nuestras actividades, entre ellas la lavandería.

Además, la lavandería es un espacio que todas utilizaremos, porque es una actividad cotidiana y necesaria. A diferencia de otras actividades, como cocinar conjuntamente, que son opcionales, esta es fundamental y, por tanto, tiene un gran potencial.

En este sentido, desde nuestra experiencia, consideramos que la capacidad de introducir espacios comunitarios es uno de los aspectos más singulares del modelo. Rompe con las lógicas más establecidas y también con las dinámicas cotidianas de las familias. Poder trabajar el programa nos permite ver cómo queremos vivir juntas.

Cada comunidad es un mundo, pero observamos que actividades como lavar la ropa, cocinar, cuidar de los niños o de las personas mayores, o compartir objetos, tienen un impacto directo en la convivencia y en el modelo de sociedad que proyectamos. También nos permite entender cómo los espacios comunitarios tienen un impacto no solo social, sino también ambiental.

En un contexto de emergencia climática y de escasez de recursos, tras haber vivido sequías y situaciones excepcionales como la Covid, estos espacios nos permiten reducir la demanda y replantear los protocolos que establecemos en casa, entendiendo la casa como edificio, lo cual resulta profundamente transformador.

¿Cuáles dirías que son los servicios compartidos más presentes hoy en día en los proyectos que desarrolláis en Cataluña? ¿Y qué papel tiene la lavandería? ¿Es un servicio más central o más periférico?

Cada comunidad, en el proceso de trabajo, define de algún modo cuál es el programa y qué espacios comunitarios necesita el edificio, muy en función del modelo de convivencia que imaginan. Por tanto, habrá comunidades más intencionales, con una voluntad de convivir de manera más intensa, y otras que quizá tengan más dudas al principio o les cueste más imaginarlo, y lo dejen más abierto.

En cualquier caso, aquellas actividades que atraviesan el día a día de todas las personas están presentes en los servicios compartidos. La lavandería es un servicio muy importante, indispensable y presente en todos los proyectos. Una cocina compartida o un espacio polivalente de encuentro también suelen estar siempre.

Asimismo, todo lo relativo a la producción de energía y a las instalaciones, tanto de agua caliente sanitaria como de calefacción, forma parte de estos servicios. Por último, suelen aparecer espacios de almacenamiento compartido para poder compartir objetos y, en muchas ocasiones, habitaciones de invitados, es decir, espacios donde en lugar de tener una habitación vacía para una visita puntual, se opta por compartirla.

En este sentido, como comentaba, la lavandería es imprescindible. Es una apuesta porque creemos que es un espacio clave de interacción, ya que todas las personas necesitan lavar su ropa cada semana. Al mismo tiempo, permite implementar sistemas más eficientes y reflexionar sobre la demanda de energía, agua, etc.

Y en cuanto al rol que tienes tú o tus compañeras en Lacol a la hora de proyectar estos espacios, estos servicios… ¿cuáles son las condiciones que ayudan a que este día a día sea fácil, sea normal y ni te des cuenta como usuario? ¿Qué momento es el idóneo para que esto acabe llegando a buen puerto en términos de proyecto?

En el momento en que estamos pensando el programa del edificio, este conjunto de espacios que lo conforman, es como el origen; es el punto de partida. El siguiente paso, evidentemente, es cómo lo ubicamos y cómo lo articulamos.

Entonces hablamos mucho de esta transición público-privada: desde el espacio público hasta estos espacios comunes, la entrada, los espacios compartidos, hasta llegar a las partes más privativas. Yo creo que el imaginario colectivo de la lavandería a veces está muy asociado a las películas, a patrones de otros países del norte de Europa donde la lavandería se sitúa en aquellos espacios oscuros, en los sótanos, espacios no visibles que provienen de esa lógica de esconder todo lo reproductivo. También la lavadora en este lugar menos privilegiado, y creo que se trata de darle la vuelta.

No tenemos una solución perfecta; ahora nos planteamos si la lavandería debe estar más cerca de la cubierta para estar cerca de la zona de tender, pero muchas veces, al ser ese punto que genera encuentro y relaciones imprevistas, nos gusta colocarla en otro lugar más estratégico. Por ejemplo, en el proyecto de La Borda, la lavandería está en la planta primera, junto al espacio polivalente, y permite que desde un punto central veas a las vecinas y la entrada.

Creo que la posición de la lavandería tiene una relación estratégica y la forma en que la diseñamos (bien iluminada, en contacto con la terraza, espaciosa) hace que pase a ser un espacio de estancia.

¿Cuál dirías que es la diferencia entre poner unas máquinas y diseñar un buen servicio de colada? ¿Cuáles serían sus ingredientes?

Bien, hasta hoy hemos podido diseñar cuatro lavanderías y son bastante diferentes. Está la cuestión de la posición, la dimensión y las condiciones lumínicas, pero también cómo se permite que el espacio pueda ser cerrado o abierto. Obviamente, la lavandería tendrá momentos de centrifugado y ruido.

Por tanto, creo en la capacidad de este espacio de ser permeable, luminoso y abierto. También todo el almacenamiento y equipamiento: cubos para mover la ropa (podríamos imaginar tener un par de comunitarios en lugar de que cada persona lleve uno), los utensilios de limpieza, los jabones (si se quieren compartir o que cada cual lleve los suyos) … También el tema del planchado: si el espacio permite doblar la ropa, plancharla o almacenarla hasta cierto punto. La dimensión, el equipamiento y las instalaciones (agua caliente, fría o incluso aguas grises recicladas) son imprescindibles.

¿Cuáles son los principales errores cuando se piensa el servicio? No solo los espacios, sino también la experiencia que va teniendo la persona en el día a día.

Yo creo que a veces lo que podría considerarse un error en un proyecto, en otro funciona perfectamente. Por ejemplo, el proceso de lavado está muy ligado al sistema de reserva y al número de lavadoras. Hay una parte pedagógica inicial donde hay mucho miedo a pasar de la lavadora individual a la colectiva.

Entender cuántas unidades necesitamos y qué mecanismos de reserva establecemos es clave. En el caso de La Borda, hay una aplicación que funciona muy bien y permite que 28 unidades tengan dos lavadoras profesionales y una doméstica para situaciones concretas. En cambio, en la cooperativa de La Balma, las lavadoras no se reservan y les funciona muy bien; no quieren el cambio. Por tanto, es difícil establecer por el momento qué está bien o mal, porque cada comunidad tiene dinámicas diferentes.

Más allá de cada dinámica comunitaria, ¿has observado patrones generales respecto al impacto económico, del agua o reflexiones más sistémicas que tengan un interés general?

No te sé dar datos concretos, pero sí se observa que colectivizarlas ya es un punto de partida para reducir el impacto en los consumos. No tenemos 28 lavadoras individuales; por tanto, estamos reduciendo elementos y sus conexiones a la red.

Además, colectivizarlas permite disponer de máquinas más eficientes que reducen la demanda de electricidad y de agua. Son mejores lavadoras, con ciclos más cortos y que pueden alimentarse de la instalación colectiva de agua caliente. Está ampliamente demostrado que esto supone una reducción del impacto ambiental. También hemos visto que el mantenimiento de las lavadoras profesionales es muy sencillo.

¿Cuáles dirías que son las principales tensiones? ¿Seguramente entre eficiencia y confort? ¿Qué dilemas te has encontrado?

Por un lado, las dinámicas familiares son diversas. La apuesta por no colocar la lavadora individual puede chocar con situaciones personales en las que moverse por el edificio suponga un problema de gestión, por ejemplo, una madre o un padre con un hijo a cargo.

A nivel normativo, existe la obligación de dejar la vivienda preparada para una lavadora individual. Por tanto, ante los miedos, el punto de partida suele ser: “colocamos las colectivas y, si hay algún problema, siempre existe la opción de la individual”. La realidad es que en muchas cooperativas todavía no conozco a nadie que se haya instalado una individual.

También hay tensiones en cuanto al uso: utilizar aguas grises para el lavado, cuando sabemos que están tratadas y son aptas, usar tintes o prendas muy sensibles como la lana… Todo ello hace necesario establecer protocolos de uso y ponerse de acuerdo.

¿Hasta qué punto cambia la percepción del tiempo cuando la colada deja de ser una actividad estrictamente privada? ¿Se convierte en un espacio diferente en tu día a día?

Mi pareja, que es quien normalmente hace la colada, tiene la percepción de que cuando va es algo más largo precisamente porque es llegar a la sala, encontrarse con alguien, hablar… se genera todo un mundo de posibilidades entre medias. Al mismo tiempo, si tienes una buena máquina, el lavado es muy corto y lo tienes hecho en un momento.

En el caso de La Borda, bajar a la segunda planta se convierte en una experiencia personal gratificante de interacción. Y después está el acto de tender en la cubierta, con las vistas a la ciudad, el sol y el aire… se convierte en un momento de tomar aire y conversar mientras tiendes las sábanas. Colectivizar este ciclo genera todo un conjunto de situaciones y constelaciones que me parecen fantásticas.

¿Cuál dirías que es el impacto de la colada compartida sobre cómo entendemos la vecindad?

La verdad es que en estos espacios diría que no estamos tan lejos de lo que hacía mi abuela cuando iba al lavadero del pueblo; era un espacio de interacción con sus propios protocolos, el día de la ropa negra, etc. Hemos tendido a aislarnos y ahora volvemos a esta actividad que genera vínculos con vecinos y vecinas.

Es interesante y bonito ver las estadísticas y darse cuenta de las diferencias: una sola persona que pone tantas lavadoras como una unidad de cuatro. Nos hace reflexionar sobre cómo vivimos, nuestra autoexigencia y cómo podemos optimizar el uso del agua. Compartir datos sobre la mesa nos permite construir comunidad desde la aceptación de la diversidad.

En la comunidad de La Morada, por ejemplo, tienen muy presente la inclusión y la sensibilidad a los químicos. Esto ha generado protocolos comunitarios: tienen dos espacios de lavado, en planta baja y en cubierta, y en uno de ellos se utilizan jabones aptos para personas con sensibilidades químicas. Ser conscientes de cómo podemos acoger nuevas prácticas es lo que nos enseña el ciclo de la ropa.

Si piensas en 20 o 30 años, ¿cuál dirías que será el rol de los saberes compartidos y de la arquitectura?

Me gustaría pensar que tener una lavandería en el edificio será una práctica mucho más extendida y reconocida, y que las normativas serán más flexibles y no obligarán a tener el espacio de lavado dentro de cada vivienda. Podría ser algo infraestructural del edificio, como la producción de agua caliente.

También podrían generarse infraestructuras a escala de ciudad vinculadas al intercambio de ropa. El futuro pasa por ser mucho más eficientes, reutilizar las aguas del edificio para el lavado y controlar los químicos que utilizamos para reintegrarlos en los ecosistemas.

¿Qué límites o barreras existen para poder escalar este modelo y que sea más común?

Existe una dimensión claramente cultural: tendemos a evitar el conflicto y el diálogo necesario para ponernos de acuerdo. Para que haya más servicios colectivos es necesario potenciar la gestión comunitaria. Más que construir, debemos aprender a gestionar lo que ya tenemos.

Necesitamos mecanismos operativos que faciliten el uso: gestión de datos para repartir costes de forma justa, máquinas sencillas con instrucciones claras y figuras que ayuden a dinamizar las comunidades. Estas cuestiones prácticas son las que acaban determinando el éxito del sistema.

En cuanto a la normativa, el decreto de habitabilidad debe ser más adaptable. Los proyectos piloto son mecanismos ejemplares para impulsar estos cambios. El IMPSOL, por ejemplo, es un caso excepcional de vivienda pública que está repensando estas “infraestructuras del bienestar”.

Por último, estamos en el año de Barcelona Capital Mundial de la Arquitectura. ¿Qué capacidades tiene la arquitectura para generar un impacto positivo social, ambiental y económico, y avanzar hacia una arquitectura regenerativa?

Tenemos una gran responsabilidad. Debemos reducir el impacto ambiental de los materiales, replantearnos si es necesario construir de nuevo o rehabilitar, y mejorar la gestión del uso de los edificios. En proyectos de rehabilitación podemos reestructurar instalaciones para cerrar ciclos de agua. Las prácticas cotidianas y las necesidades del día a día a pequeña escala son la clave de las transformaciones que deben venir.