Conversar con Maria es moverse entre el micro y el macro de la ciudad. Arquitecta urbanista y actualmente Arquitecta Jefe del Ayuntamiento de Barcelona, en esta conversación Maria nos habla de cómo la ciudad crea o dificulta las condiciones que estructuran la vida de los vecinos y vecinas de la ciudad: desde el planeamiento y la programación de equipamientos hasta la manera en que se despliegan espacios de encuentro como los parques, el transporte público o las bibliotecas y centros cívicos.
Defiende que las ciudades son, por definición, abiertas y heterogéneas, y que el reto es convivir sin ingenuidades: entender el vecindario no como “buenismo” ni amistad obligada, sino como una forma cotidiana de convivencia.
También explora la relación entre el vecindario de ciudad y el vecindario entre los vecinos de escalera con quienes puedes compartir servicios como la colada, y cómo ambos crean una forma de vecindad extendida o un continuo de vecindad clave para vivir en la ciudad.
Finalmente, sitúa este vecindario a pequeña escala como una palanca de cambio frente a problemas más estructurales, como la creciente soledad, no solo entre las personas mayores,
o las tensiones culturales fruto del miedo a la diferencia.
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En el ciclo Vecindario estamos abriendo conversaciones sobre formas de vivir más sostenibles, económicas y comunitarias, e inevitablemente acabamos tocando la vivienda. El debate político, cívico y mediático se centra sobre todo en la emergencia habitacional, las dificultades de acceso y el mantenimiento de la vivienda; pero hoy querríamos dejar a un lado la urgencia por un momento y centrarnos en otras dimensiones de la habitabilidad y sus retos. ¿Qué percibes que está afectando el día a día de la gente en su casa o en la ciudad?
Lo primero que deberíamos reconocer es que tenemos una sociedad heterogénea, mucho más que en momentos anteriores. Las crisis urbanas no son tan nuevas: ha habido crisis de vivienda antes. Quizás la más nueva es la crisis climática. Y las desigualdades también nos han acompañado siempre. Quizá lo que ahora es desgarrador es que creíamos que ya las habíamos dejado atrás y vuelven a aparecer.
Si somos conscientes de esta heterogeneidad, algo que se evidencia es que cuando expresamos problemas en conceptos genéricos, después es necesario introducir el matiz: porque estas problemáticas no afectan ni tienen el mismo impacto según las personas que tienes delante. Y esto, en la definición de políticas públicas y también en los grandes titulares, debe tenerse presente.
Tenemos una población que se envejece y, al mismo tiempo, una parte de población muy sola. Hay modelos de vida que mientras la familia existía estaban muy bien, pero cuando hay miembros que van desapareciendo, esta soledad no querida genera un doble impacto: se le suma el envejecimiento y cambian las circunstancias familiares.
Y después está la condición de ciudad. Las ciudades, por definición, tienen población recién llegada. Siempre están abiertas. A mí me llama mucho la atención una escena dijéramos normal en el autobús. Yo soy muy mirona, miro mucho el mundo que me rodea. Y me impresiona ver cómo una persona que viene de otro país tiene una necesidad de conectarse al lugar de llegada, pero también de mantener el vínculo con el que está a ocho mil o diez mil kilómetros. En el transporte público ves a gente con su vida aterrizada aquí, pero con una antena colocada en una conversación con un familiar en otra franja horaria. Y en un mundo tan incierto, cuando abres el diario hay días que dices “no sé dónde iremos”, creo que una tarea nuestra es pensar cómo aportas esperanza también, como aportas futuro, si la gente viene a las ciudades para encontrar oportunidades, para construir ese futuro. Todo esto creo que está sobre la mesa.
Has mencionado la soledad que es un tema central también de nuestra conversación. Barcelona es una ciudad muy compacta, pero hay una soledad creciente que no sólo afecta a personas mayores, también a jóvenes o familias monoparentales. ¿Cómo interpretas esta paradoja? ¿Y qué se está haciendo, o qué se puede hacer, para abordarla?
Barcelona es compacta, sí. Y podrías decir: no tiene sentido que vivamos todos juntos y que haya soledad no deseada. Pero hay que poner sobre la mesa realidades diferentes: hay países en los que la gente va a las ciudades a desaparecer, a que no la encuentren. Aquí, por cultura y forma de hacer, la ciudad ha dado pie a escaleras de vecinos donde más o menos sabías quién era el vecino de arriba o la señora de al lado. Y esto se ha ido perdiendo, aunque no es generalizable: depende de zonas, depende de momentos, depende del tejido del barrio.
Ahora bien, también tenemos infraestructuras que sostienen estos vínculos importantes. Los mercados por ejemplo desempeñan una función social muy grande: de lunes a viernes hay gente mayor que va a comprar y tiene media hora de conversación. Tenemos parques, centros cívicos. La ciudad, desde la política pública, ha hecho históricamente un esfuerzo por generar equipamientos y espacios de encuentro. El programa de bibliotecas, los planes estratégicos, todo esto tiene un impacto importante.
Y al mismo tiempo hay otro elemento que quizá da miedo: la pandemia evidenció una soledad en edades distintas. También está bien poner sobre la mesa la discusión sobre las redes sociales. No lo digo como arquitecta, lo digo también como madre. La capacidad de aislamiento que producen estos dispositivos… antes mirábamos la tele en familia o con vecinos, porque alguien tenía tele y el resto no. Había discusiones, debía elegirse. Hoy cada uno puede ver lo que quiere cuando quiere y dónde quiere. Y con todo esto hay una contradicción: superposición aparente que debería superar la soledad, pero al mismo tiempo una condición de encapsulamiento individual.
Desde el punto de vista de la arquitectura y de la administración local, nuestro trabajo es generar escenografías para que la vida ocurra. Yo no defino la vida, yo genero condiciones. Y me encanta cuando la vida sorprende. Por ejemplo, ver a jóvenes bailando y haciendo coreografías en espacios que no estaban “programados” por ello aprovechando los vidrios-espejos de edificios. Cosas como éstas aparece en lugares pequeños y se extiende. Así que creo que a veces debemos dedicarnos más observar y ver qué pasa.
Es muy interesante esa mirada sobre la relación entre prácticas cotidianas y la ciudad. La colada es quizás también un ejemplo cercano a una práctica cotidiana que ha ido cambiando con la ciudad. Desde los lavados en los lavaderos públicos hasta la lavadora en casa, o ahora con las lavanderías de autoservicio. ¿Qué rol crees que puede tener la administración para observar, promover o facilitar prácticas compartidas en la ciudad?
Aquí hay una idea de que a mí me interesa mucho, que son las llamadas innovaciones sociales. Siempre existe la discusión de si vienen de fuera o de dentro del marco establecido. Yo lo visualizo como una membrana. El activismo desde fuera tensará las costuras del statu quo, y eso está perfecto. Pero también los que estamos dentro podemos empujar la membrana desde dentro para ver su flexibilidad. A mí me encanta probar hasta dónde puedes estirarla. Creo que es la suma de ambas cosas.
Y si me permites una crítica a algunos posicionamientos contemporáneos aparentemente sostenibles: yo soy una defensora del peatón y del transporte público porque es la misma respuesta respecto a lo colectivo. Ser sostenible hoy en la ciudad creo que no es tener una casita con tu huerto, pan y placa. Creo que las soluciones individuales no serán sostenibles. Si tenemos alguna posibilidad, serán soluciones colectivas.
Por eso me parece interesante esta conversación de repensar espacios comunitarios como las coladas compartidas. ¿Qué sentido tiene que cada uno tenga una máquina enchufada a casa, individual, que usas pocas veces a la semana, y que encima ocupa un espacio escaso? Pero lo que más me interesa de todo esto es un tema clave, que es el civismo. Promover un sentido de comunidad en los edificios y vivir en una ciudad es también una escala de civismo. No hace falta que seamos amigos. Debemos ser capaces de convivir.
Si los espacios que diseñamos generan situaciones en las que esto se pone en práctica, estás entrenando la tolerancia y el respeto. No una tolerancia condescendiente, sino consciente de ello. Y quizás nos ahorraríamos muchos posicionamientos extremistas si viéramos que al final del día la especie humana es bastante similar en todo el mundo. Y sí: todo el mundo lava su ropa sucia, porque a nadie le gusta ir sucio. La gente no va sucia por decisión.
Y cuando hablamos de estas prácticas compartidas en el edificio, ¿cuáles son las palancas reales de un ayuntamiento para crear condiciones favorables?
Primero tengo que decir que yo no trabajo sola. Lo de ‘arquitecta jefa’ es muy amplio, y a veces la gente pregunta “¿tú qué haces?”. No es una torre de marfil. Un ayuntamiento tiene herramientas de planeamiento y con el planeamiento se pueden promover cosas. También existe la dimensión de la vivienda pública, y la de la programación de equipamientos.
Un ejemplo que ahora tenemos sobre la mesa es un plan de lavabos públicos. No hablamos de coladas públicas, pero sí de ese paso de lo individual a soluciones compartidas que dan dignidad y facilitan la vida. Y después, cuando diseñamos espacio público, generamos espacios de encuentro. Tenemos grandes parques, pero también «parques de bolsillo» que tienen una domesticidad más cercana. Ves cinco o seis personas, ancianos, que bajan al solito, con sillas, y pasan un rato. Esa mirada es importante. Y vuelvo a lo que decía: sin buenismo. Convivir no es establecer lazos de amistad obligada. Es dignidad humana. Entro en el autobús y digo buenos días. Veo a esa persona todos los días. Es un reconocimiento: te veo, haces un servicio, te saludo. Y esto construye ciudad.
Hablamos del concepto de vecindad que es uno de los temas que estamos explorando en el ciclo Vecindario. Para ti, ¿qué implica la buena vecindad en Barcelona? ¿Y qué condiciones puede generar la ciudad para promoverlo?
Como decía la ciudad, es un espacio heterogéneo y eso no es bueno ni malo. Es una condición. Y frente a una realidad heterogénea tienes dos opciones: o subdividir y especializar espacios, o hacerlos lo más accesibles posible para que sea la vida, esa heterogeneidad, la que les dé color, siempre sobre la premisa de convivencia. Ningún uso puede comerse al 100% el otro. Esto ha ocurrido a lo largo de la historia de las ciudades, aquí y en otros lugares. Así que la buena vecindad, para mí, tiene que ver con algo inherente a la condición humana: superar el miedo a lo desconocido y a la diferencia. Debemos facilitar espacios y condiciones que demuestren que esta diferencia es, en gran parte, artificiosa. Las criaturas también lo muestran: juegan con cualquier cosa que haya, y les es indiferente la criatura que tienen delante, si habla o no el mismo idioma. Existe un lenguaje universal. Y tú debes aceptar que los vecinos no deben ser iguales que tú. En una ciudad, la vecindad es el reconocimiento de un espacio en el que podemos convivir en democracia y libertad. Hay una cohabitación y un esfuerzo, o curiosidad, de conocimiento del otro. No del prejuicio. Porque problemas tenemos todos, y hay gente buena y gente mala en cada casa, y al final del día las preocupaciones humanas son compartidas. Creo que esta manera de entender la vecindad la hemos hecho en el pasado, debemos hacerlo en el presente y tendremos que seguir haciéndolo en el futuro.
Dicho esto, a mí hay una vecindad que me interesa menos que es lo que genera muros. A veces la gente entiende «cotidiano» como «cómodo» y creo que es un error. La buena vecindad se pone a prueba en el metro, en el autobús, en la calle. El metro te lleva de un sitio a otro. Y precisamente por eso, cuando pensamos la ciudad, no podemos hacerlo sólo desde la comodidad cotidiana de mi entorno más cercano. Dejémonos llevar y descubramos. En lugares donde nunca has estado, seguramente descubrirás que tu vecino tiene un público de la misma calidad. Los bloques son diferentes, sí, pero no es un apriorismo. Hay cosas interesantes en cualquier rincón de la ciudad. Así que creo que la vecindad no puede ser una excusa para encerrarse. Al revés: una buena vecindad es en el conjunto del espacio donde tú te mueves. Y es muy interesante ver cómo la vecindad puede ser discontinua. Si haces dibujar a un bebé el plano de la ciudad que tiene en la cabeza, puede poner casa de los abuelos muy cerca, aunque esté en la otra punta. Porque es un mapa de nodos y redes. A mí me gustaría que la gente tuviera en mente esta vecindad: no hay una jerarquía de “mi barrio” como límite. Es una actitud de vivir la ciudad.
¿Y cómo conectas esta vecindad de ciudad con la vecindad de escalera, la del edificio, donde puedes tener servicios compartidos? ¿Puede ser un entrenamiento para una vecindad más amplia?
Totalmente. Cuando compartes espacios y prácticas cotidianas, estás entrenando una forma de convivencia. E insisto: no hace falta buenismo ni amistad obligada. Convivir es reconocer al otro, aprender a gestionar fricciones, practicar civismo. Es un aprendizaje.
La vecindad de escalera, la del edificio, puede ser una palanca para que después, cuando sales, no te sorprenda la diferencia. Porque ya tienes práctica en el esfuerzo de convivencia. Y esto es importante también por problemas estructurales: la soledad, las tensiones culturales fruto del miedo, la sensación de que el mundo es incierto. Cuando tienes espacios en los que la vida pasa, tienes también oportunidades para hacer visible que “la diferencia” no es una amenaza por defecto.
Para ir terminando, miremos hacia el futuro. ¿Cómo imaginas la evolución de las prácticas compartidas entre vecinos en Barcelona?
Sobre el futuro tengo a un amigo que me enseñó una frase: que el futuro se escribe en el presente. La población del futuro ya ha nacido, ya está ahí. Y estaría bien no estropearlo mucho.
Yo soy optimista, porque si no, no me dedicaría a lo que me dedico. Y también creo que siempre podemos mejorar, o más que nada adaptarnos. Y debemos pensar que se hará mayor una generación que ya no tiene un arraigo igual que las generaciones anteriores. Esto es interesante: habrá una parte más proactiva de cada uno para buscar qué vecindad necesita en cada etapa de su vida.
No es lo mismo el frenesí de una ciudad grande que una ciudad intermedia con servicios. Y en nuestro país tenemos servicios en todas partes. Estamos a distancias en las que se puede asegurar servicio sanitario, educativo, cultural y recreativo. La pandemia, por ejemplo, demostró la importancia de adaptarse. Así que me imagino un futuro donde estas prácticas comunitarias se generarán más, y donde el concepto de vecindad será más dinámico, con capacidad de entenderse como un continuo entre territorios y formas de mirar menos acotadas.
Foto: Ceci Firmia

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